En torno a la creatividad existen muchísimos mitos. Hay quienes creen que ser creativo es mirar al techo (y a las musarañas a él adheridas), esperar a que las musas de la inspiración hagan por fin acto de presencia y poco más.

Sin embargo, lejos de lo que muchos creen, la creatividad no es algo que salga a nuestro encuentro. Es algo que estamos obligados a buscar activamente, recorriendo miles de kilómetros de distancia si es necesario.

La creatividad no es un don al alcance única y exclusivamente de unos pocos. Es un músculo con el que todos venimos de serie y ese músculo se ejercita derrochando sangre, sudor y lágrimas y no perdiendo jamás de vista las verdades (feísimas pero ciertas) que recoge a continuación Inc.:

1. Todos somos creativos (pero algunos lo son más que otros)
Todos llevamos la creatividad en nuestro ADN, sí, pero de la misma forma que no todos somos igual de guapos (o de feos), hay algunas personas que saben sacar más partido a la creatividad que habita en sus entrañas que otras. Aceptar que siempre habrá personas más creativas que nosotros es una valiosísima norma para hincarle el diente con éxito a la creatividad.

2. El brainstorming es una absoluta pérdida de tiempo
La constatación definitiva de que no todo el mundo está al mismo nivel creativamente hablando viene después de las celebérrimas (pero inútiles) sesiones de brainstorming. Pese a que muchos creen que el brainstorming es el método creativo por excelencia, lo cierto es que sirve sobre todo y ante todo para perder el tiempo. Las ideas alumbradas en solitario por seis personas dueñas de cierto talento creativo durante un periodo de dos horas son cien veces más valiosas que las salidas de una sesión grupal de la misma duración y con idénticos participantes.

3. Huya como de la peste del crowdsourcing
Puede que las multidudes sean buenas reflejando tendencias y haciéndose eco de ideas que ya existen, pero las ideas que generan suelen ser absolutamente huérfanas de originalidad. Como bien decía el bueno de Steve Jobs, “la gente no sabe lo que quiere, es nuestro trabajo saberlo”.

4. Sí a las ideas que se salen del tiesto (pero sólo hasta cierto punto)
Las ideas “locas” y deliberadamente “marcianas” están muy bien sobre el papel, pero tales ideas necesitan de una dirección concreta para crecer adecuadamente. De lo contrario, podríamos estar volcando todo nuestro esfuerzo en ideas, que aunque creativas, responden a las preguntas equivocadas. Por cada media hora dedicada al noble arte de dejar volar la imaginación (y las ideas), deberíamos invertir otra media hora en comprender y contemplar desde todos los puntos de vista los problemas que tenemos entre manos.

5. La resolución de problemas exige inspiración
El cerebro es un órgano durmiente que necesita información y estímulos para trabajar a pleno rendimiento. Contemplar el techo en busca de la inspiración es como estar cómodamente recostado en el sofá y alcanzar así (por arte de magia) una gran forma física. Para ponerse a trabajar y dar con buenas ideas, el cerebro necesita inspiración a modo de alimento y dicha inspiración puede tomar múltiples formas: libros, películas, juguetes, búsquedas en Google, etc. Pertrechado de “nutrientes”, nuestro cerebro acabará hallando tarde temprano las conexiones que unen a los problemas y a las soluciones creativas a tales problemas.

6. La creatividad necesita descansar para trabajar al 100%
Las soluciones creativas requieren tiempo. Es cierto que algunas personas se las ingenian para solventar problemas en cuestión de minutos, segundos incluso, pero desafortunadamente no todos somos genios. Y aquellos que no tenemos la fortuna de ser genios debemos ser pacientes para sacar el máximo jugo a la creatividad que corre por nuestras venas. La creatividad aflora con más facilidad si alternamos momentos de suma concentración con momentos de “desconcentración” (o simplemente de relajación). Cuando desconectamos, nuestro cerebro continúa trabajando inconscientemente en el problema que tenemos entre manos y nos pone sobre la pista de grandes soluciones que quizás no sabíamos que existían.

Un artículo publicado en Marketing Directo