Dos historias entrelazadas, las de Netlix y Blockbuster. Un solo objetivo: entretener. Dos visiones distintas para el mismo camino. La historia de un éxito y un fracaso.

Hoy nos permitimos contarles una historia que, como todos los cuentos que se precien, consta de un principio, un desarrollo y un final. El protagonista no es un humano, sino una empresa: Blockbuster. Pero que a nadie le engañe su forma de negocio sin corazón: como cualquier ser vivo goza de ilusión y celos, sufre con los reveses y toma decisiones vitales que cambia su curso. Y, también, lucha por lograr el amor (el de sus clientes) mientras mantiene una relación de amor-odio con sus némesis (en este caso, Netflix).

Pero no nos adelantemos a los acontecimientos, pese a que los ‘spoilers’ sean cuanto menos imposibles de sortear. Corrían los años 80 y 90, una época que ya se asemejaba a la actual por la creciente proliferación de series y películas tanto en televisión como en cine. Una era dorada que también comenzaba a reflejar un cambio de patrón en la forma en que los consumidores querían ver estos contenidos: cada vez recelaban más de los cines -con precios por las nubes- y de estar atados a los horarios de la TV comercial. Surge así una oportunidad de negocio, acompañada por la democratización de reproductores de vídeo domésticos, para el alquiler de cintas VHS en todo el mundo; oportunidad que no tardó en ver Wayne Huizenga, quien en octubre del 85 abrió la primera tienda Blockbuster en Dallas (Texas, EEUU). 

El éxito no tardó en llegar: los usuarios se afanaban en encontrar sus películas favoritas y reservarlas cuando no estaban disponibles para poderlas ver en la comodidad de su sofá. Tan solo dos años más tarde de su fundación, Blockbuster ya tenía más de 15 tiendas por todo Estados Unidos y, ocho años después, la cifra superaba los tres millares. El dinero llovía a mares en un mercado que parecía no tocar techo y que en España comenzamos a ver allá por 1992.

Tanto es así que en 1994, Blockbuster fue comprada por Viacom, uno de los principales grupos de entretenimiento y medios a escala mundial, por nada menos que 8.400 millones de dólares. Una cifra extraordinaria para la fecha pero que se sustentaba en una clientela muy fiel, una oferta de contenidos cada vez mayor y la posibilidad de ampliar el catálogo hacia nuevas categorías según fuera cambiando la demanda.

Y así lo hizo: en 2004, cuando Blockbuster ya ingresaba 6.000 millones de dólares, se hizo con el control de Gamestation: una cadena británica dedicada a los videojuegos. La todopoderosa multinacional fue capaz, ya en aquel momento, de prever el enorme despegue que esta industria ha tenido hasta nuestros días y el alto nivel de gasto de los ‘jugones’ digitales.

Amor-odio con Netflix

A todo esto, Blockbuster no solo alquilaba sus películas a través de sus tiendas físicas, sino que también contaba con su propio servicio de envío de cintas por correo postal. Curiosamente, ese fue el mismo modelo de negocio que implantaría, allá por 1997, una pequeña startup que hoy conocemos por el nombre de Netflix.

Cuenta la leyenda que la idea de crear un servicio de alquiler sin límites por correo postal le llegó a Reed Hastings precisamente cuando él era usuario habitual de Blockbuster: se olvidó de devolver una película -‘Apolo 13’- dentro del plazo y tuvo que pagar una multa de 40 dólares. A Hastings no le hizo ninguna gracia y decidió crear una plataforma en Internet donde gestionar estos pedidos sin esa clase de limitaciones ni sanciones.

Desde el 97 hasta mediados de los 2000, Netflix no consiguió ni acercarse a la suela del zapato del gigante Blockbuster, que seguía rozando los cielos del alquiler de vídeos. De hecho, el propio Reed Hastings tuvo una reunión con los directivos de Blockbuster para establecer una alianza que le ayudara a mejorar la distribución local de sus DVDs, sin éxito alguno. También, allá por el año 2000, Hastings ofreció a los gestores de la multinacional la compra de su pequeña compañía -todavía deficitaria- por apenas 50 millones de dólares.

El propio CEO de Blockbuster, Jim Keys, decía que “RedBox y Netflix ni si quiera figuran en la pantalla del radar cuando se trata de la competencia“. Otro de sus consejeros delegados históricos, John Antioco, creía que Netflix atacaba un “nicho de mercado muy pequeño” y que la adquisición no aportaba valor al grupo. ¿Un exceso de confianza? ¿Una simple bola de cristal dañada? ¿O algo más serio, como una reticencia a la innovación? No sabemos qué fue lo que pasó por la cabeza de los directivos de la empresa norteamericana, pero todo lo que vino a continuación es historia viva de la economía digital.

En 2010, con su plataforma de streaming en auge (Blockbuster trató de imitar este movimiento también en 2004), Netflix valía más de 2.200 millones de dólares. Ese mismo año, Blockbuster se declaró en bancarrota. Hoy en día, más de 100 millones de suscriptores en todo el mundo se deleitan con producciones propias de Netflix como ‘House of Cards’ o ‘Narcos‘. Blockbuster apenas subsiste con algunos locales en EEUU y México, gestionados por distintos compradores que -cual carroñero- aprovecharon la crisis de la compañía para hacerse con los establecimientos a precio de saldo. Netflix, por el contrario, está valorada en cerca de 62.000 millones de dólares: mucho más de lo que Blockbuster logró jamás.

¿Por qué se equivocó Blockbuster?

A pesar de que Blockbuster mantuvo bien abiertas sus miras al desarrollo de nuevas tendencias de consumo, desde su propia fundación como tiendas de alquiler de vídeos, pasando por distintos contenidos que se ponían de moda (videojuegos) y los distintos formatos imperantes en cada momento (VHS, DVD, BluRay… e incluso se atrevieron con el alquiler de películas en tarjetas SD), lo cierto es que fallaron a  la hora de ver la siguiente gran disrupción de su mercado: el streaming online.

Para Blockbuster, que está presente en este segmento desde 2004, el vídeo ‘on demand’ tan solo era un complemento más, un negocio secundario respecto al de sus tiendas. Y su preocupación siempre fue mantener en pie y funcionando los 3.000 establecimientos, pese a que la tendencia de los usuarios fuera abandonarlas cada vez más. Tanto es así que Blockbuster protagonizó, ya en sus momentos agónicos, distintas compras destinadas a fortalecer el catálogo de títulos y la variedad de productos que vendía en sus tiendas, un movimiento que tan sólo indica la obsesión que la firma tenía por mantener estos locales funcionando contra viento y marea.

¿Qué hubiera pasado de haber comprado Netflix en el año 2000? Nunca lo sabremos y cualquier cosa que digamos puede ser tildada de juicio fácil o de simple charlatanería. Pero, al menos, Blockbuster habría tenido la oportunidad de haber liderado un nuevo negocio, planificando con más calma el cierre de sus tiendas; reorientando otras hacia locales de culto hacia las series de Netflix o, simplemente, procediendo a su venta para otros menesteres.

Escrito por Alberto Iglesias Fraga