Los estudios sobre comportamiento de esa generación agrupada bajo el conceptomillenial tienden a infinito. Si, además,  entran en su época de mayor capacidad de compra, no cabe ninguna duda: interesa más que nunca saber cómo consumen. El País ha publicado Todas las empresas quieren seducir a los millenials, un artículo firmado por Miguel Ángel García Vega, en el que puedes consultar diversas fuentes con estudios al respecto. A mí me interesa particularmente lo que puede deducirse respecto a las empresas.

En primer lugar, hay que tener en cuenta que meter en el mismo saco a tanta gente -la nacida entre 1981 y 1997- es una generalización peligrosa. Seguro que hay matices y también emergen, dadlo por seguro, gran cantidad de contradicciones. Y es que en casi todos los estudios al respecto se habla de conductas paradójicas: atención a las marcas pero con escasa fidelidad, decisiones de compra que se saltan las pirámides de necesidad tradicionales, despreocupación política pero desplazamiento de empleo hacia el sector civil. Paradojas y más paradojas. Quizá sea el signo de los tiempos, algo que ya predijo hace unos cuantos años Charles Handy cuando escribió The Age of Paradox.

¿Qué es la empresa para un millenial?, ¿qué es el trabajo? Sea lo que sea, no parece que pueda ser lo que fue para quienes precedimos a esta generación. Los vínculos se han roto sacrificados por la inmediatez que exige la eficiencia empresarial. Todo se supedita a que la empresa sea rentable. Y eso quiere decir que cada momento es único, diferente del anterior. Nadie promete futuro porque ese futuro será diferente del presente y no hay quien pueda llevar a cabo labor prospectiva. El empleo es para ahora, la empresa es para ahora. Sirve para algo concreto. Usar y tirar.

Le escuchaba a Luis Garicano el otro día en la televisión loar el modelo holandés que tan bien conoce por experiencia propia. No me gustaba su simple aceptación de los hechos. Decía que allí muchísima gente trabaja no jornadas completas sino por horas. Al trabajar menos se es más productivo. No hay necesidad depresencialismo -pasar tiempo porque sí en el puesto de trabajo- porque allí, dice, se va al grano. Pues bien, cabe entender entonces que el vínculo es estrictamente para lo que hace falta, una simple transacción: te alquilo mi tiempo (por supuesto, mucho más valioso en Holanda que aquí) y eso tiene un precio.

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Los millenials son quienes asistieron al derrumbe de aquel mantra: lo más importante de una empresa son sus personas. De bruces contra la crisis que comenzó en 2008 vieron la cruda realidad de un empleo que desaparecía bajo sus pies. Crecimiento económico ya no correlacionaría con empleo nunca más. No en una relación directa. Más con menos fue el signo de los tiempos.

¿Cómo puede comportarse un millenial ante una empresa? Creo que lo que mejor define esa conducta esindiferencia. Y si hay que añadir otra cualidad: desconfianza. En gran parte mi generación, la del baby boom, entregamos a esta gente un modelo empresarial  deshumanizado. Todos estos años de bonanza económica han servido para romper el vínculo de la mutua necesidad. Hoy el millenial querrá encontrar un mínimo para fiarse de la empresa pero siempre con la mosca detrás de la oreja. Alerta ante cualquier empeoramiento de los números económicos.

Difícil reconstruir vínculos cuando ya nada escapa a la visión económico-financiera. No hay futuro, solo presente. Presente económico. Y ahí los millenials salen de pesca. Consumen con el dinero que no tienen pero con el que heredarán de quienes les precedimos.

Un artículo escrito por Julen