Cuando iniciamos nuestra formación, lo hacemos porque creemos que el área de conocimiento elegida será la mejor opción y/o se acomoda a nuestros gustos y preferencias para desarrollar nuestra carrera profesional. De manera que muchos esperan al terminar esta etapa esperan que el esfuerzo se vez recompensado con buenas oportunidades laborales.

Quizás esta época está siendo demasiado cruel para analizar esta cuestión, pero lo que es una realidad, es que el hecho de contar con una titulación universitaria o una determinada formación, no nos garantiza ‘per se’ un empleo fijo, y en unas condiciones privilegiadas, lo que en muchos casos llega a ser frustrante, tal y como afirma el economista Daniel Lacalle.

Por lo que resultaría mucho más conveniente, apreciar a nuestra formación como una poderosa herramienta para ser más capaces y eficaces en nuestro entorno de trabajo, y no como un título que nos otorga el derecho a disfrutar de un buen trabajo toda nuestra vida profesional. Aunque creo que se ha de valorar como un importante mérito, debemos desterrar la idea anterior, para pensar en que debemos dar el máximo cada día, sin dejar de sumar a nuestro equipo de trabajo.

Tal vez sea difícil apreciar esta reflexión bajo una coyuntura como la actual, en la que existe aún un nivel de desempleo muy elevado y una enorme precariedad laboral, pero sin lugar a dudas será la mejor actitud para afrontar nuestros retos profesionales con la humildad, el tesón, y las ganas necesarias como para crecer profesionalmente y alcanzar las metas que nos propongamos conseguir.

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