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Aunque muchas veces no nos cuesta tanto, a veces parece que nos abruma tomar decisiones, pero no sabemos el motivo exacto ni cómo ponerle solución. Entonces es posible que nos maltratemos y autoexijamos respuestas que no tenemos. ¿Por qué no estamos siendo más ágiles o más resolutivos? ¿Por qué no somos más listos? Más, más, más… siempre algo más allá de nuestro alcance.

No son pocas las oportunidades en las que debemos tomar decisiones. A menudo, al intentar hacerlo damos vueltas y vueltas, planteamos A, B, C, aunque también encontramos ¡D, W y F! Con ello, nuestra decisión se entorpece y si se entorpece, se demora.

Entonces nos quejamos porque todavía no nos hemos decidido y el tiempo pasa y pasa… y nos agredimos, descalificándonos con una serie de adjetivos denigrantes.