En 2005, trabajaba en el departamento de recursos humanos de una empresa y pensaba que eso era la cima del éxito. Entonces, el presidente de la compañía entró en mi oficina y me explicó que la cosa no iba bien, que debíamos montar nuestro propio negocio.
En ese momento, no conocía a nadie que tuviese un negocio, pero siempre me había atraído ese espíritu emprendedor. Aun así, era madre soltera y tenía una hipoteca que pagar, así que tenía que ser práctica.
Fue entonces cuando recibí un correo electrónico de un taller de cerámica en el que mi hija y yo solíamos pintar de vez en cuando. La propietaria decía que lo vendía. Pensé: «Esto es una señal». Compré el negocio pagando 25.000 dólares con mi tarjeta de crédito.
Mi hija me ayudó a llevar el negocio
Llevar el negocio de cerámica fue intenso. El estudio estaba abierto los siete días de la semana y mi hija Scout estaba allí casi todos los días, preparando los pinceles y limpiando las mesas. Scout solo estaba en segundo de primaria, pero ella y yo aprendimos juntas a ser emprendedoras a lo largo de los años.
Diciembre es nuestra temporada alta y una noche nos quedamos hasta tarde en el estudio, atando cintas a adornos de cerámica. Le pregunté a Scout qué hacía su amiga esa noche y me respondió: «Estudiar para los exámenes finales». Los exámenes eran al día siguiente y yo tenía a mi hija adolescente trabajando. No fue uno de los momentos de los que me siento más orgullosa como madre.
Aun así, a Scout le encantaba el negocio tanto como a mí. Cuando estaba en su segundo año de instituto, me llamó y me pidió que quedásemos para comer. Cuando llegué, Scout estaba con un agente inmobiliario. Ya habíamos abierto tres locales y Scout quería ser mi socia en un cuarto. Le dije: «Ni siquiera tienes carné de conducir», y ella me respondió: «No se necesita carnet de conducir para abrir un negocio».
Empecé como franquiciada y ahora dirijo una empresa de franquicias
Scout se encargaba realmente de ese local: asistía a todas las reuniones municipales y se ocupaba de las contrataciones. Al final, eso le ayudó a conseguir una beca universitaria para estudios de emprendimiento. Le cambió la vida por completo y estoy muy orgullosa de la mujer de negocios en la que se ha convertido.
Al igual que Scout, yo también estaba aprendiendo mucho sobre emprendimiento. En 2010, abrí una franquicia de una empresa llamada Painting with a Twist. Quería aprender sobre franquicias desde dentro, porque lo veía como una buena oportunidad de negocio.
En 2020, tenía cinco estudios propios: tres eran independientes y dos eran franquicias de Painting With a Twist. Al año siguiente, tuve la oportunidad de comprar la compañía Color Me Mine, que adquirió Twist Brands LLC, la matriz de Painting With a Twist. Así fue cómo me convertí en la consejera delegada de Color Me Mine.
He vivido en primera persona cómo los negocios pueden transformar a una familia
El año pasado, las franquicias de Color Me Mine generaron más de 55 millones de dólares —unos 46,7 millones de euros al tipo de cambio actual— de facturación en todo el mundo. Todavía no me siento cómoda hablando de mi propia situación financiera, ni siquiera reconociéndola. Se me ponen los pelos de punta.
Creo que es porque tuve una vida muy dura cuando dejé mi trabajo en una gran organización para montar un negocio por mi cuenta. Sin embargo, como no crecí en un entorno acomodado, no lo echaba de menos. Scout y yo siempre estuvimos bien, y ella aprendió una valiosa lección sobre la ética del trabajo.
Para mí, el espíritu emprendedor nunca ha tenido que ver con el dinero. Se trata de cambiar el rumbo de toda una familia. Me llena mucho ver cómo nuestros franquiciados lo consiguen. Comprar un negocio cambió mi vida y también la de Scout. Estoy agradecida de poder ayudar a otras familias a hacer lo mismo.
